Sheinbaum ante el dilema del fracking

En las últimas semanas, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, inició un debate sobre el uso de la fracturación hidráulica —el llamado fracking— en la industria energética del país, con el fin de contrarrestar la dependencia del 75% del consumo nacional de gas de las importaciones provenientes de Estados Unidos.

El fracking es una técnica para extraer gas y petróleo atrapados en rocas profundas (entre mil y cinco mil metros). Consiste en perforar el subsuelo e inyectar agua, arena y químicos a alta presión para fracturar la roca y liberar los hidrocarburos.

El método ha permitido a Estados Unidos, y en particular a Texas, aumentar de forma importante su producción energética. En 2000 ese país produjo 19.2 billones de pies cúbicos de gas; en 2015 fueron 27.1 Bcf; y en 2025, aproximadamente 39.3 billones de pies cúbicos. En 25 años, con el fracking, incrementó su producción nacional 105%.

En 2025, Texas —de donde proviene la mayor parte del gas que utiliza México— produjo cerca de 13.6 billones de pies cúbicos, alrededor del 30% del total estadounidense.

El caso de Texas es clave porque su cuenca Eagle Ford Shale y la Cuenca de Burgos (junto con Sabinas, Burro y Picachos) en el noreste de México comparten la misma estructura rocosa. La formación rica en hidrocarburos no se detiene en el río Bravo, sino que continúa hacia el sur, cubriendo 120 mil kilómetros cuadrados en Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas. En ambos lados existe abundancia de gas natural, gas asociado y condensados en rocas de baja permeabilidad (shale).

Actualmente, Texas produce tanto gas y a tan bajo costo que a México le resulta más barato comprar gas importado por tubería que invertir, a través de Pemex, miles de millones de dólares en infraestructura para extraer su propio gas en Burgos. Pero eso podría ser diferente si el gobierno se abriera nuevamente a las asociaciones público-privadas, que le ayudarían a financiar la inversión en pozos no convencionales.

La Cuenca de Burgos, que llegó a operar más de 3,200 pozos y producir hasta 1,500 millones de pies cúbicos diarios en 2010, hoy está prácticamente pausada en pozos no convencionales. Solo se produce gas en pozos convencionales, con niveles que han caído de cerca de 470 millones de pies cúbicos diarios en 2022 a 270 MMpc al día de hoy.

Actualmente, México consume aproximadamente 9,200 millones de pies cúbicos diarios, de los cuales Pemex produce entre 3,800 y 4,500. De ese total, la petrolera utiliza cerca de la mitad en sus propios procesos, por lo que solo comercializa entre 2,000 y 2,500 millones, lo que obliga al gobierno a importar de Estados Unidos entre 6,600 y 6,800 millones de pies cúbicos diarios.

En el país, el gas natural es estratégico: cerca del 60% se utiliza para generar electricidad en plantas de ciclo combinado de la CFE y generadores privados; alrededor del 20% es para autoconsumo de Pemex, y entre el 12 y el 17% se destina al sector industrial (cementera, vidriera, química, cerámica y manufactura pesada).

Actualmente, México tiene reservas probadas por el orden de los 12.3 billones de pies cúbicos, lo cual representa alrededor de ocho años —al ritmo actual de extracción de 1.6 billones de pies cúbicos anuales— si no se incorporan nuevas reservas ni cambia el nivel de extracción. Pero eso podría cambiar, ya que se estima que el país cuenta con una reserva probable de 141 billones de pies cúbicos de gas no convencional que podría ser extraído por medio del fracking, aportando la Cuenca de Burgos 53 billones de pies cúbicos de ese total.

Pero no todo son buenas noticias, ya que la fracturación hidráulica es también un tema polémico. Sus críticos advierten que consume grandes cantidades de agua, contamina acuíferos, liberar gases contaminantes e incluso podría provocar pequeños sismos. También se habla de problemas de salud, ya que los pozos de agua potable que abastecen a la población, situados en las cercanías de las zonas donde se aplica la fracturación hidráulica, tienen altos niveles de metano y sustancias cancerígenas y neurotóxicas. El fracking que se realice en la Cuenca de Burgos también pondrá presión en el noroeste de México, una zona afectada por la sequía y la crisis hídrica.

La controversia se inició en el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, quien se opuso radicalmente al método. Hoy sigue en el gobierno de Claudia Sheinbaum, quien el primero de marzo de 2024, en el Zócalo, durante su discurso por el arranque del proceso electoral, expresó en su compromiso 87 que “No se va a permitir la explotación de hidrocarburos a partir del fracking”.

Esta semana, en su mañanera, la presidenta “se echó para atrás” y manifestó: “Nunca lo dije en campaña como tal. Lo que hemos planteado es que siempre lo que buscamos es la soberanía energética, garantizando los mínimos impactos ambientales. Y la justicia social, desarrollo sustentable y protección al medio ambiente”.

Más allá de los números, esta es sin duda una guerra entre populismo y realidad, donde está presente la sabia frase de que “no es lo mismo ser borracho que cantinero”. Veremos que pasa en las próximas semanas.

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