Querido lector, querida lectora.
Estamos a unos cuantos días de que termine el Mundial 2026. Durante varias semanas vivimos la fiesta del futbol, los memes, las reuniones con amigos y esa extraña capacidad que tiene este deporte y una camiseta verde para hacer que el corazón de un país entero lata al mismo tiempo, aunque sea por noventa minutos.
Pero cuando el último silbatazo marque el final del torneo, otra conversación ocupará el centro de la cancha. Ya lo adelantó la presidenta Claudia Sheinbaum: comenzará el debate para regular las redes sociales.
Durante las últimas semanas, la Presidenta ha venido preparando el terreno. Ha hablado del daño que provoca el uso excesivo del celular entre niños y adolescentes, del scroll infinito diseñado para mantenernos conectados durante horas, del poder de los algoritmos para decidir qué vemos y qué dejamos de ver, de los bots, la inteligencia artificial y la desinformación.
Ese diagnóstico técnico es correcto y no debería ser motivo de disputa: los algoritmos privilegian el contenido que genera emociones, el scroll infinito fue diseñado para no soltarnos, y los bots y la desinformación son un problema real que cualquier democracia debe atender. El punto no es negar el diagnóstico. El punto es qué se hace con él.
Porque hay una diferencia entre regular el diseño de las plataformas —su transparencia, sus algoritmos, sus bots— y regular el contenido, es decir, decidir qué información circula y cuál no. Lo primero es una tarea legítima de cualquier Estado. Lo segundo es un terreno donde ningún gobierno debería tener la última palabra, porque ninguno la ha tenido nunca, todos construyen narrativas, todos terminan defendiendo la versión de los hechos que mejor les acomoda.
Llama la atención el momento elegido para abrir esta discusión, justo cuando México empieza a entrar en la ruta política hacia las elecciones de 2027 y las redes sociales volverán a ser el principal campo de batalla electoral. No hace falta asumir mala fe para notar la coincidencia; basta con recordar que en política los tiempos nunca son inocentes.
Resulta inevitable recordar a Andrés Manuel López Obrador cuando presumía haber iniciado “la revolución de las conciencias”, un pueblo más informado, más politizado y menos manipulable que nunca. Si ese diagnóstico era cierto, la pregunta de hoy se responde sola: no es el ciudadano quien necesita un tutor digital que le explique qué información merece confianza. Es el poder, cualquiera que sea, quien necesita que le crean.
Este tema apenas empieza y veremos cómo se desarrolla. Hasta la próxima.
