Deng Xiaoping y la gran transformación de China

El 1 de octubre de 1949, luego de 22 años de guerra civil, Mao Zedong llegó al poder tras derrotar a las tropas nacionalistas del Kuomintang, lideradas por Chiang Kai-shek, e instauró la República Popular China, un gobierno comunista inspirado en el marxismo.

Del liderazgo populista y autoritario de Mao debemos resaltar que, entre 1958 y 1976, la República Popular China vivió dos de los experimentos políticos y económicos más radicales del siglo XX: el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural. Ambos no solo redefinieron el rumbo del país, sino que también dejaron un saldo de millones de víctimas y profundas cicatrices sociales.

El Gran Salto Adelante fue una campaña económica y social impulsada por Mao Zedong en la República Popular China entre 1958 y 1962. Su objetivo era transformar rápidamente al país, pasando de una economía predominantemente agrícola y pobre a una potencia industrial capaz de competir con las naciones más desarrolladas.

El líder comunista creía que la voluntad revolucionaria del pueblo chino y la movilización masiva podrían acelerar el desarrollo económico en pocos años.

Para lograrlo, el gobierno organizó a cientos de millones de campesinos en enormes comunas colectivas, eliminó gran parte de la propiedad privada y movilizó a la población para producir acero en pequeños hornos improvisados y participar en grandes proyectos de infraestructura.

Sin embargo, gran parte del metal producido era de muy baja calidad e inutilizable, mientras se descuidaban las labores agrícolas. Además, las políticas se basaban en metas de producción irreales y en un sistema político que castigaba las malas noticias. Muchos funcionarios locales inflaron las cifras de producción agrícola para demostrar lealtad al régimen. Como consecuencia, el gobierno asumió que existían excedentes de alimentos y continuó requisando granos, aún cuando en el campo comenzaba a extenderse el hambre.

La combinación de malas decisiones económicas, desorganización administrativa, información falsa y algunos factores climáticos desembocó en una devastadora hambruna entre 1959 y 1961.

Los historiadores estiman que entre 20 y 40 millones de personas murieron por hambre y causas relacionadas, convirtiéndola en una de las mayores catástrofes humanas de la historia moderna.

Tras el fracaso catastrófico del Gran Salto Adelante (1958-1962) y la gran hambruna que provocó, Mao Zedong no fue destituido formalmente, pero perdió gran parte de su influencia operativa en la economía. Siguió siendo presidente del Partido Comunista de China (PCC) y una figura simbólica poderosa, pero la dirección práctica del país pasó temporalmente a dirigentes más pragmáticos, como Liu Shaoqi y Deng Xiaoping, quienes asumieron un papel más relevante en la administración.

Se implementaron políticas que disolvieron parcialmente las comunas, se devolvieron parcelas privadas a los campesinos y se enfatizó la experiencia técnica sobre la ideología pura.

Pero Mao no estaba dispuesto a ceder el control. En 1966 lanzó la Revolución Cultural, una campaña política destinada oficialmente a erradicar las influencias capitalistas y preservar la pureza revolucionaria. En la práctica, la iniciativa buscó restaurar su autoridad, exaltando el culto a su personalidad y eliminando a sus adversarios políticos.

Fue un periodo de enorme caos, violencia y purgas masivas. Liu Shaoqi fue destituido, torturado y murió en 1969. Deng Xiaoping fue enviado a trabajar en una fábrica rural, aunque sobrevivió y regresó después.

Durante una década, millones de jóvenes integrados en los llamados Guardias Rojos persiguieron a profesores, intelectuales, funcionarios y cualquier persona considerada contrarrevolucionaria. La economía volvió a sufrir; escuelas y universidades cerraron, se destruyeron templos, libros y obras de arte, y millones de ciudadanos fueron humillados, encarcelados o enviados a campos de reeducación.

En 1976 murió Mao y se puso fin a esta etapa de experimentos económicos radicales y represión política. Paradójicamente, las consecuencias del Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural convencieron a la siguiente generación de líderes chinos de abandonar las políticas ideológicas extremas y adoptar un modelo económico más pragmático, basado en las reformas de mercado y la apertura al exterior.

Fue en ese momento que resurgió la figura del gran reformador Deng Xiaoping, quien como “Líder Supremo” conduciría a China hacia una nueva etapa de modernización y crecimiento económico, y a quien se le conoce como el “Arquitecto de la China Moderna”.

Su visión pragmática se resumía en frases famosas como: “No importa si el gato es blanco o negro, mientras cace ratones” –priorizando resultados sobre ideología dogmática– y “Cruzar el río palpando las piedras” –avanzar experimentalmente–.

Sin duda, Deng fue un líder pragmático y visionario que priorizó el desarrollo económico sobre la ortodoxia ideológica, transformando radicalmente a China mientras preservaba el sistema político del Partido Comunista, y su legado sigue definiendo la China actual.

El caso del éxito económico chino, es claramente un modelo a seguir en México, un país que no apuesta por la educación, la ciencia y la tecnología; polarizado y guiado por decisiones ideológicas impuestas por el expresidente Andrés Manuel López Obrador, cuyo PIB está estancado y no crece económicamente.

Así es que la pregunta es: ¿cuándo llegará el Deng Xiaoping mexicano?

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