Futbol infantil, el origen del mal

No en todas, aclaro, pero en un buen porcentaje -sin que el nivel social sea la causante-, pero por la experiencia que he vivido con mis hijos en los últimos dos años puedo confirmar que en los torneos infantiles de Nuevo León, empieza el enfermizo fanatismo por el futbol. 

En una semana me tocó ver y enterarme de las dos caras (la limpia y la sucia) que tiene la práctica del balompié, en la cancha y en las tribunas, que involucra a niños, adolescentes y padres de familia.

La cara limpia: un fin de semana el equipo International Football Players jugó un gran partido (categoría 2016) en el Torneo Himalaya, y de ir 0-4 abajo empatamos 4-4 con el equipo de casa, pero en el último minuto en una jugada accidental el árbitro marcó penal en contra y perdimos 5-4. 

Cuando nuestros jugadores, junto al entrenador Jorge Quiroz, salían del campo orgulloso de su entrega en cada minuto, de manera sorpresiva los papás del Himalaya les dedicaron un fuerte y prolongado aplauso acompañado de “¡felicidades”!, “¡bien jugado!” y “¡cualquiera hubiera ganado!”.

Los alumnos del Himalaya pertenecen a una clase social elevada; sus instalaciones y canchas deportivas -impecables- están en la zona poniente en la frontera entre San Pedro y Santa Catarina, y la mayoría de sus jugadores son de piel blanca, ojos azules y pelo rubio.

En los colegios privados de Nuevo León es normal que los entrenadores ganen bien y hacen cursos en el extranjero, y en los equipos que participan en las copas hay hijos de jugadores activos. Una vez me encontré a André-Pierre Gignac, Guido Pizarro y Rogelio Funes Mori.

Pero no todo es color de rosa cuando se trata de que un equipo con pequeños futbolistas con piel quemada por el sol, ojos y cabello oscuros se enfrenten a los colegios pudientes donde, la mensualidad en nivel primario, llega a costar hasta 80 mil pesos.

La cara sucia: hace pocos días el equipo del Colegio Franco Mexicano de Hidalgo, donde juega Héctor Hugo mi hijo mayor varón de diez años, recibió al Colegio Irish de San Pedro, y perdieron por amplio marcador.

El lamentable incidente se dio al terminar el encuentro, cuando tres o cuatro niños del Irish -no todo el equipo, aclarando-, no sólo no les extendieron la mano para saludarlos, sino que les dedicaron varias veces un “chin… a su madre, les ganamos!”.

Héctor Hugo, de inmediato, fue con el entrenador del equipo contrario y se quejó. Y cuando supe del incidente no dude en afirmar que es en el futbol infantil cuando el cerebro de los niños se empieza a contaminar por culpa de los padres, de no todos, vuelvo a aclarar. Sin descartar a los entrenadores.

El viernes 6 de marzo, en un torneo organizado por la Asociación de Escuelas Americanas en México (ASOMEX), en un partido en el Colegio Inglés ubicado en San Pedro, se registró un incidente que terminó con la suspensión del partido.

Jugaban el American School Foundation of Monterrey contra un equipo de Guadalajara, y cuando el marcador a favor de los locales iba 4-0, desde las tribunas empezaron las burlas para niños casi adolescentes, o adolescentes casi niños.

Fue tanto el bullying contra los tapatíos que un padre de familia saltó a la cancha y confrontó a jugadores y padres. Todo se salió de control hasta que el árbitro tuvo que pitar el final del juego.

Un testigo que estuvo en un día anterior me contó que sucedió algo parecido con burlas del mismo American School Foundation of Monterrey, contra la porra de un colegio de la CDMX. “Fue bastante desagradable esa experiencia, pero no pasó a más”, dijo.

En estos dos años que tengo a Héctor Hugo  (10 años) y a Marco Sebastián (6 años) en equipos de sus colegios y en escuelas privadas de futbol, me ha tocado ver y oír barbaridades que se escuchan en las tribunas, muchas de ellas escupidas por papás contra sus propios hijos.

Como este domingo 8 de marzo en las canchas de Casabella de San Nicolás, cuando un papá que se cree entrenador recriminó a todo pulmón una, dos y más veces los supuestos errores de su pequeño: “¡Atiende, concéntrate, avanza con el balón en lo pies!”. Fue lo menos que escuchamos.

No se vale, se supone que a edades pequeñas esos torneos son formativos, no competitivos. Pero no sólo me ha tocado ver y oír gritar a papás groserías, sino también a mamás, minimizando y burlándose de los niños rivales y de la porra.

¿Ese es el ejemplo que están sembrando en sus hijos?, es la pregunta recurrente. Y por eso empecé mi columna aclarando que en esas actitudes hostiles nada tienen qué ver las clases sociales, o colegios privados o escuelas públicas. Prietos en el arroz hay en todos los niveles.

“A veces a los padres les cuesta mucho entender que para un menor un partido es un juego, no una competencia. Y en ocasiones los adultos creen que están criando a hijos mediocres o poco competitivos.

“Hay papás que se enojan cuando los hijos pierden, y es cuando se le está dando un mensaje al pequeño que suele ser muy confuso a nivel personal y emocional”, dijo la psicóloga del deporte Amanda Zurita, de la Universidad Autónoma de  Nayarit, en entrevista a la revista Vida Universitaria de la UANL.

Esa realidad del fanatismo enfermizo en el futbol infantil, como así lo defino, me ha tocado vivir. Nadie me lo contó. Y seguramente me entenderán otros padres que me leerán.

Tengo años que simpatizo con los Rayados pero tampoco a un grado de fanatismo. Y créanme que disfruté el gol de Gignac en el Clásico 142. Se lo merecía en su último derby regio.

Así debe tomarse el futbol, como también la religión y el alcohol: con moderación. E inculcárselo a nuestros hijos, no que sean copias de la peor versión de los padres en las tribunas… por la droga que es el futbol.

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