Últimamente se ha visto una camioneta utilizada por un centro de rehabilitación para trasladar a personas con problemas de adicciones a petición de sus familias.
Reynosa vive desde hace unos meses un fenómeno peculiar dentro del panorama de la rehabilitación de adicciones. En calles, colonias y redes sociales empezó a aparecer una camioneta blanca que no pertenece ni a la policía ni a ninguna autoridad municipal, que no transporta detenidos ni monta operativos de seguridad. Sus ocupantes se autonombran “la patrulla espiritual” y su objetivo es otro: rescatar a personas atrapadas en las adicciones y responder al grito de auxilio de familias que ya no saben qué hacer.
El concepto no es nuevo en México. En diversos estados, centros de rehabilitación han operado este tipo de intervenciones desde hace años, generalmente en la clandestinidad social de la adicción y con metodologías que varían según el lugar. Pero en Reynosa apenas comenzó a verse hace algunos meses de la mano del plantel “Guerreros con ganas de vivir”, un centro que existe desde hace siete años y que decidió dar un paso hacia afuera, hacia la calle y hacia la exposición pública, motivado por una realidad que sus operadores describen así: “cuando una familia aparece pidiendo información, ya no está preguntando, está implorando”.
LA PATRULLA ESPIRITUAL
El responsable de esas intervenciones es Iván de Jesús Díaz García, administrador y psicólogo del centro. Cuando habla de la patrulla, no recurre a tecnicismos ni a números, usa palabras como auxilio, familia, enfermedad emocional y lado oscuro del adicto.
“Muchas madres llegan casi arrancándose los pelos, llorando, sin saber qué hacer. Cuando vienen a pedir información, lo que están diciendo realmente es: ayúdenme, por favor”, afirma.
Iván García expresó también que al principio cuando comenzaban a realizar estas intervenciones dentro de los domicilios, ya grababan las situaciones para respaldarse y por su protección, sin embargo, poco después optaron por comenzar a hacer públicos los vídeos en sus redes sociales, situación que les ayudó a potencializar su alcance y tener mayor presencia en la ciudad.

SER VIRALES EN REDES SOCIALES
Uno de los aspectos más polémicos del proyecto es la decisión de grabar y difundir los traslados. Lejos de evitar el tema, el centro de los Guerreros lo enfrenta y sus líderes afirman que esto no lo hacen a fin de burlarse o exhibir a las personas, sino para que las familias y la sociedad vean lo que es la vida de un adicto y el sufrimiento de la familia.
La dinámica que se ve en sus vídeos virales en redes sociales es sencilla, ya que un familiar directo (mamá, papá, esposo o hermano) autoriza el traslado, al llegar a la vivienda, el equipo de la patrulla espiritual ingresa, persuade, resiste insultos, llantos o forcejeos y finalmente sube al paciente a la camioneta.
Todo queda grabado, y por decisión interna, los videos se suben a redes sociales. Ahí fue donde el fenómeno se volvió visible, polémico y viral. Los videos generaron una mezcla de avalancha entre comentarios de apoyo, ataques, preguntas, solicitudes de información y mensajes directos.
“Ahí se mira todo, el hijo que no quiere dejar la droga, la madre que llora pidiendo que lo haga por su bien. Eso genera conciencia”, dijo Díaz García.

REPLICANDO UN MODELO NACIONAL
Mario Guerrero Cavazos, director del centro, coloca la patrulla espiritual dentro de una tradición más amplia. “En todos los centros a nivel nacional se le llama ‘patrulla espiritual’ a la camioneta que va y salva a una persona”, dice. La referencia más popular en internet fue un personaje en Baja California apodado “Chiquilín”, cuyas intervenciones circularon por todo el país. “Pero no estamos imitando a nadie”, insiste Guerrero, “esto existe desde hace mucho en el mundo de la rehabilitación. El problema es que para el que no lo vive, parece algo nuevo o escandaloso”.
La clave del modelo no es el traslado forzado, sino la autorización familiar. Cabe mencionar que la patrulla no puede levantar personas de la vía pública, indigentes o consumidores callejeros, a pesar del deseo de hacerlo.
“Nos reprime no poder ayudar cuando ves a alguien tirado en un puente por la piedra, el cristal o el resistol, pero sin consentimiento familiar podríamos meternos en un problema legal”, dijo Guerrero Cavazos.
El dilema que plantean toca un fenómeno silencioso: la adicción no solo se disputa en lo biológico y lo psicológico, sino en lo legal, lo social y lo ético. A diferencia de otros países donde existen programas estatales para rescatar consumidores de calle, México mantiene ese margen de acción dentro del ámbito familiar.
ADICTOS AYUDANDO A OTROS ADICTOS
Uno de los pilares ideológicos del centro es que el cambio se logra mejor de un adicto hacia otro. Guerrero Cavazos, psicólogo de formación, lo explica desde su propia experiencia:
“Yo tenía problemas de adicción y lo que había estudiado no me ayudaba para dejar de inyectarme o de fumar piedra. ¿Cómo iba a decirme un psicólogo cómo salir de un pozo si nunca ha estado adentro?”, dijo.
De ese pensamiento nace una estructura basada en la recuperación colectiva. Muchos de los operadores son ex consumidores en rehabilitación. También lo son varios instructores que dan charlas en escuelas, primarias y secundarias.
“Llevamos a menores de 14, 15 ó 16 años que cuentan cómo dejaron la escuela por la droga. Cuando lo dice alguien de su edad, los compañeros no lo sienten como regaño sino como advertencia”, señala.
Iván García coincide desde una perspectiva más íntima: “Cuando una mamá llega desesperada, yo me acuerdo de la mía viniendo a pedir información mientras yo andaba en mis andadas. Eso te conecta. Ayudar se vuelve un don”.

UN FENÓMENO QUE CRECE EN SILENCIO
Las edades que atiende el centro reflejan una tendencia nacional; la adicción ya no está concentrada solo en adultos jóvenes, sino que cada vez son más bajas las edades en las que comienzan a consumir.
“Ahorita el rango fuerte está entre los 14 y los 25 años, pero hemos ido desde menores hasta adultos. La juventud está invadida”, asegura Mario Guerrero.
Las sustancias también cambiaron. La marihuana y el alcohol conviven con el cristal, las pastillas y el llamado wax (un derivado del THC). En una primaria donde fueron invitados encontraron alumnos de sexto grado consumiendo.
El impacto familiar tampoco distingue clase social, pues Guerrero Cavazos afirmó que las drogas están presentes en todas las clases sociales, afirmando que no hay diferencia y es común verlas tanto en la clase alta y media, como en la baja.
LO QUE EXPERIMENTAN DENTRO DEL CENTRO
Ivan García, aseguró que una vez internadas dentro del centro de rehabilitación, las personas comienzan su proceso de desintoxicación de tres a cuatro días en las habitaciones y una vez que recuperen su conciencia, pueden salir al exterior a realizar las actividades del día con el resto del grupo.
“Por lo regular damos un margen entre dos y tres meses para desintoxicarse, pero en muchos de los casos requieren hasta seis meses o más para que puedan tener un avance significativo en su recuperación y por eso recomendamos que se queden más tiempo”, dijo García.
Después de los primeros cuatro días, los nuevos ingresos se integran al grupo y comienzan a realizar las actividades del día, cómo tomar el desayuno, hacer ejercicio, ir a tribuna, que es un espacio donde los nuevos escuchan los testimonios de los más longevos, cabe mencionar que una de las actividades que tienen los internos es la visita con el psicólogo del centro para tener su terapia.
Otra de las actividades que realizan en especial, es los días miércoles a las 10:00 horas, donde los internos se concentran en el patio y reciben la visita de un pastor, con quien entonan cánticos y alabanzas cristianas, así como un sermón que tiene como fin ayudarles a hacer conciencia y valorar a su familia que los espera en casa.
ROMPER LA VERGÜENZA
Ambos entrevistados coincidieron en que el enemigo principal no es la droga, sino el silencio. Las familias tardan en pedir ayuda por miedo al “qué dirán”, agregando que ese retraso puede ser fatal.
Guerreros con ganas de vivir lo resume con crudeza: “Yo en mi caso aceleré la muerte de mi madre. Ella tenía cáncer y azúcar. El infierno que yo le di, le redujo la vida”. Aún con dolor, lo convierte en advertencia. “Todos tenemos a alguien en la familia que está batallando contra una adicción, todos conocemos a alguien. En lugar de criticar, hay que ayudar”.
