El pasado viernes 12 de diciembre, -día de la Virgen de Guadalupe-, a las 5:07 de la tarde, recibí un mensaje en mi WhatsApp de mi querido amigo Heriberto Deándar Robinson que decía: “Juan, ya terminó su misión”. Inmediatamente entendí que se refería a su padre, Don Beto Deándar, quien —yo sabía— se encontraba delicado de salud desde hacía varias semanas. Le externé mi pésame y mis condolencias. Minutos después, como me lo pidió para dar la noticia en su Facebook, le hice llegar una gran fotografía de su padre captada en exclusiva en 2011 por el fotógrafo reynosense Víctor Espinoza para mi Revista Progreso, cuando Don Heriberto me distinguió con una entrevista en la que hablamos frente a frente sobre su infancia, su vida personal y familiar, así como sobre su actuar como editor.
Pese a que nuestras edades eran muy distantes —48 años para ser precisos—, con Don Beto siempre me unió una relación mutua de profundo afecto y respeto desde 1997, año en el que lo conocí por medio de su cuñado, mi querido tío Rubén Robinson, “Ruby Baby” (Q.E.P.D.). Ese mismo año también conocí a su hijo, Heriberto Deándar Robinson —fundador y director general de Hora Cero—, a quien por entonces se le conocía como “Betito”. Con “Beto Jr.” forjé una amistad verdadera y duradera; fue mi mentor desde 1999 y hoy, de manera ocasional, me llama para pedirme mi opinión sobre diversos temas. El año pasado me invitó a escribir en Hora Cero, algo que ha sido un alto honor en mi vida periodística. Una o dos veces por semana platicamos largo y tendido e intercambiamos puntos de vista sobre periodismo y política nacional y regional; pero esa es otra historia que más adelante contaré con detalle en esta página.
Fue a partir de mi relación casi diaria entre 1999 y 2005 con “Betito” que pude conocer más de cerca al gran titán de los medios de comunicación: su padre, Don Beto. Por aquellos años —yo de 15 y Beto Jr. de 28— comíamos con “El Viejón” casi a diario en La Cucaracha. Lo recuerdo con claridad fotográfica: una mesa redonda para diez personas, ubicada en la esquina del restaurante, donde nos servían carnes y otros platillos, pero cuyo ritual iniciaba siempre con una deliciosa okra frita cosechada en el Rancho “Las Minitas”, propiedad de la familia Deándar, cerca de las laderas del río Bravo, en Reynosa.
Fui testigo de primera fila, y a esa mesa vi llegar a importantes políticos nacionales, estatales y locales a pedirle consejo, como el ‘Don’ y hombre leal, de palabra y respeto, que siempre fue. Por ahí vi desfilar gobernadores, rectores, alcaldes, senadores, diputados, empresarios y figuras nacionales del periodismo, así como candidatos de todas las corrientes políticas, a quienes entrevistó y siempre les abrió las puertas y las páginas del periódico, sin importar colores partidistas, sino las causas que defendían y que fueran en beneficio del pueblo.
Entre esas reuniones, de las que fui parte en aquella mesa de La Cucaracha, recuerdo perfectamente cuando sonaba con fuerza el nombre del respetado empresario reynosense Don Mario López, -de Pollo Frito Buenos Aires-, como posible candidato a la presidencia municipal de Reynosa. El gobernador de Tamaulipas de aquellos años ya había destapado a su candidato del PRI, pero existía un profundo temor de que “Don Mario” les arruinara los planes, pues era un hombre de gran arraigo popular, querido y apreciado como hombre de pueblo en las colonias de la ciudad. Fue así como el hombre más poderoso del Estado buscó al gran Don Beto para que interviniera y aconsejara a su amigo de no buscar la alcaldía. Las fechas, el gobernador y los nombres de los candidatos después se los contaré, pero todo eso se “arregló” en esa misma mesa de La Cucaracha, restaurante propiedad de la familia, que era administrado por su esposa, la respetable dama Guillermina “Minita” Robinson de Deándar (Q.E.P.D.), a quien tuve el gran honor de conocer.
Una tarde de 2011 visité al “Viejón” en su casa de Reynosa. Lo saludé y me senté en el sofá de su sala. Tenía encendida la televisión en el canal de Telefórmula y veía el noticiero de Pepe Cárdenas. A su lado tenía más de cinco periódicos regionales y nacionales, entre ellos sus favoritos: El Mañana, La Jornada y El Universal. Tomó el teléfono junto a su sillón reclinable y llamó a Fortino Cisneros, su editorialista de cabecera, para pedirle que escribiera un editorial que debía aparecer en la primera plana del día siguiente. Le dio instrucciones precisas sobre el tema, el enfoque y la línea que debía seguir. Esa noche, conversamos largo rato sobre política y periodismo, y cuando estaba por terminar de leer el cuarto periódico le dije: “Don Beto, me gustaría hacerle una entrevista al estilo Progreso”. Sin titubeos me respondió: “Tú dime el día y la hacemos”. Le propuse una fecha y él sugirió que fuera en las instalaciones de El Mañana.
De esa interesante entrevista revivo estas preguntas que cobran especial significado: Don Beto, ¿cómo maneja su poder?, ¿cómo ve el poder?, ¿lo utiliza para bien o para mal? “Yo creo que para bien; si fuera para mal no hubiera llegado muy lejos, porque ya muchos lo han tratado de hacer. Creen que un periódico te abre todas las puertas y no es así. Para que se abran las puertas hay que ser condescendiente, hay que ser, sobre todo, justo; no agarrar a alguien con tus páginas solo porque te cae mal y hacerlo pedazos. No es eso lo que yo pienso de un periódico. Hay ética, hay moral; todo eso tienes que tenerlo para poder dirigir un diario. Los periódicos no llegan a triunfar por casualidad, por más dinero que tengas; tienen que tener contenido, y ese contenido debe identificarse con los lectores. Por eso hablamos del sentido común”.
“El Mañana es un periódico hecho para todos los gustos, o al menos tratamos de hacerlo así; lo más objetivo y honesto posible. La gente nos ha preferido por algo, y creo que es por el profesionalismo con el que se hace. Si no lo haces así, de nada sirve, porque terminas haciendo un periódico para ti. Yo no hago un periódico para mí; lo hago para los lectores, para que lo lean, lo aprecien y, sobre todo, que sea de servicio. Cuando vemos que algo está mal, lo decimos para que se corrija y para que la gente viva mejor”, expreso Don Beto en la entrevista.
Hoy muchos se dicen y se creen “influencers”, y sin duda, no influyen en nada. La cierto es que Don Beto sí fue un “influencer” de verdad, en una época en la que ni existían las redes sociales, solo la hombría, el papel y la tinta.
Don Beto fue un formador de generaciones y muchos encontraron en él un consejo oportuno. Su vida y su visión deja huella en la historia del norte de Tamaulipas. Su legado no morirá y permanecerá en la memoria de quienes lo conocimos.
Que en paz descanse el gran Heriberto “Don Beto” Deándar Martínez.

