No hay duda… la 4T tiene un solo dueño

“Estoy jubilado, imagínense ustedes, después de 50 años de lucha ininterrumpida (…) lo difícil que pudo ser decir: se acabó”, dijo el pasado 30 de noviembre de 2025 el expresidente Andrés Manuel López Obrador cuando reapareció en la escena pública con un video de 49 minutos grabado desde el jardín de su finca La Chingada, en Palenque, Chiapas. Sentado en una mecedora, con guayabera blanca, entre aves y pavoreales, presentó su nuevo libro Grandeza, donde aparece en la portada él junto a una monumental cabeza olmeca.
En su mensaje, el expresidente anunció que no hará giras para presentarlo. Al respecto, AMLO expresó: “No hay que hacerle sombra a la presidenta (…) No puedo presentarlo en las plazas públicas. Me gustaría mucho, ¿pero saben qué? Ya me retiré de la actividad política y la presidenta es la que conduce y lo está haciendo muy bien. No hay que dividirnos, hay que estar muy juntos, unidos”.
Andrés Manuel afirmó que dejó la política activa porque “no es insustituible, ni jefe máximo, ni el poder detrás del trono”; pero el exmandatario añadió que solo saldría a las calles por tres razones muy concretas: “Si atentan contra la democracia, para defenderla a ella (a Sheinbaum); si hay intentos de golpe de Estado, si la acosan, entonces sí, pero no creo que eso pase; y para defender la soberanía de México”.
Sin duda, esas palabras suenan a retiro definitivo… hasta que se analizan profundamente. Porque inmediatamente después califica a Claudia Sheinbaum como “la mejor presidenta del mundo”, fiel a los principios, y remató: “Hay que apoyar mucho, mucho a la presidenta, porque todavía es temporada de zopilotes, hay buitres y halcones”. El mensaje es claro y no sorprende: el fundador del llamado movimiento de la 4T sigue siendo el garante, el árbitro moral, el que decide cuándo la transformación está o no en riesgo.
Horas después, en Cuernavaca, la presidenta Claudia Sheinbaum respondía, a bordo de su camioneta, a los reporteros con una sonrisa nerviosa que no disimulaba la incomodidad de los cuestionamientos sobre la reaparición del exmandatario: “Muy contenta, todo el pueblo de México está muy contento… Somos un solo movimiento, con mucha unidad”.
Cuando le preguntaron si veía riesgo de que se activara alguna de las tres condiciones que López Obrador se reservó para volver, respondió: “¡Somos fuertes!”. Y remató: “Queremos mucho al presidente López Obrador, lo queremos mucho porque es un gran presidente. A nosotros ahora nos toca conducir los destinos de la nación con orgullo de pertenecer a este gran movimiento”.
Es evidente el juego de palabras y mensajes ocultos entre ambos; esa frase —“a nosotros ahora nos toca conducir”— y lo que dijo en su conferencia mañanera al día siguiente, 1 de diciembre: “Afortunadamente no estamos en ninguna de las tres circunstancias que planteó”, es —claro está— una manera de “pintar su raya” y marcar territorio.
Pero quien crea que AMLO vive retirado entre árboles y escritura no está leyendo la realidad: desde La Chingada sigue operando, revisando, presionando y encauzando. Es un expresidente que renunció al cargo, pero no dejó de formar parte de la toma de decisiones de la vida política del país y de su movimiento.
Los operadores leales en el partido Morena, los líderes del Congreso, diputados y senadores, ministros de la Corte, gobernadores, secretarios y altos funcionarios que López Obrador sembró en curules, escaños y secretarías clave siguen en sus puestos. La estructura territorial —delegados, Servidores de la Nación, líderes de base— responden más al nombre del tabasqueño que al de la presidenta.
Y no hay duda: la reaparición tiene implicaciones profundas. El mensaje verdadero está entre líneas: AMLO pretende seguir siendo el gran árbitro moral del país. Y eso tiene consecuencias: impide que Sheinbaum construya un gobierno totalmente propio y obliga a los miembros políticos de Morena y aliados a mirar hacia Palenque antes de tomar cualquier decisión estratégica.
Claudia Sheinbaum lo sabe. Y aunque públicamente agradece, reconoce y respeta, la verdad es que su mayor desafío no es la oposición, sino la sombra de su mentor político. Está claro que la presidenta no consulta con él sus decisiones de gobierno, pero Andrés Manuel no la ha dejado gobernar en plena libertad; y no porque intervenga todos los días, sino porque su figura, dogmas y mantras pesan a la hora de tomar decisiones, que terminan basadas más en sentido ideológico que en el sentido común.
López Obrador es la sombra que, por medio de operadores, anticipa, condiciona, limita. La científica Sheinbaum, una mujer inteligente y disciplinada, busca, con pasos de tortuga, ganar más espacios dentro del gobierno y el movimiento; construir un estilo propio, moderado, técnico, razonado, que ya ha dado resultados en algunas áreas que ella sí tiene control, como es seguridad con Omar García Harfuch.
Pero el país debe leer esta reaparición como un ensayo general. AMLO sabe que su imagen sigue siendo la más poderosa de México. Sabe que su palabra tiene un peso desproporcionado. Sabe que sus seguidores lo ven como un líder moral irremplazable. Y sabe que, en un movimiento que no ha logrado institucionalizarse, su figura es el único pegamento ideológico. Eso lo mantiene cerca de la escena, aún cuando dice estar lejos.
Las razones que él mismo dio sobre un eventual retorno deben prender alarmas. No solo por lo que implican, sino por lo que esconden: un expresidente que se reserva el derecho de intervenir cuando considere necesario es, en la práctica, un poder paralelo. Un segundo liderazgo. Un vigilante del gobierno desde fuera del gobierno.
La política mexicana, como lo he dicho antes en este espacio, es generosa con quienes saben leer su momento histórico. Pero también castiga a quienes creen que la historia no puede avanzar sin ellos. López Obrador corre el riesgo de convertirse en lo que siempre criticó: un expresidente que, desde la sombra, intenta mandar sin tener la responsabilidad del cargo, y ante eso, el tiempo y Sheinbaum le pueden pasar la factura.
Hoy lo único claro es esto: AMLO reapareció porque nunca se fue. Y porque, para él, la “transformación” tiene un solo dueño y autor legítimo: él mismo.

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