En un país que se precia de ser “la tierra de la libertad”, hablar español —la segunda lengua más hablada en Estados Unidos— debería ser motivo de orgullo cultural, no de sospecha. Sin embargo, en medio del clima político actual, avivado por los discursos y políticas del expresidente Donald Trump, el simple hecho de expresarse en nuestro idioma puede convertirse en un detonante para que se nos pida “mostrar papeles” o probar nuestra estadía legal.
Esto no es un hecho aislado. Las denuncias se multiplican: personas en aeropuertos, centros comerciales, estaciones de servicio y hasta en el transporte público que, por el simple detalle de hablar español, han sido cuestionadas, discriminadas o intimidadas. Lo alarmante es que este ambiente hostil no solo afecta a inmigrantes sin documentos; también golpea a residentes permanentes, ciudadanos naturalizados e incluso a latinos nacidos en este país que, paradójicamente, en algún momento respaldaron la agenda de Trump creyendo que estarían exentos de estas actitudes.
La realidad es dura: para el prejuicio, todos somos iguales. El acento, el idioma y la apariencia son suficientes para colocarnos bajo un foco de sospecha.
Lo más preocupante es la normalización del odio. Cada vez que un líder político utiliza el lenguaje como herramienta de división, no solo erosiona la cohesión social, también legitima el hostigamiento y la discriminación. En el caso de Trump, su retórica antiinmigrante no se limita a una propuesta política; es una narrativa constante que presenta a los inmigrantes como amenaza, olvidando que la historia de Estados Unidos es, precisamente, la historia de la inmigración.
El español no es un idioma extranjero en Estados Unidos: más de 42 millones de personas lo hablan como lengua materna, y millones más como segunda lengua. Está presente en la cultura, la economía, la política y el arte de este país. Pretender que el inglés es la única “lengua legítima” no solo es ignorar la realidad demográfica, es desconocer que el multilingüismo ha sido una de las fortalezas que impulsaron a esta nación a ser un líder mundial.
El llamado, entonces, no es únicamente a quienes son víctimas de este clima de intolerancia. También es a quienes han guardado silencio por miedo o indiferencia. El silencio es cómplice. Cada vez que no alzamos la voz ante una injusticia, reforzamos la idea de que este tipo de abusos son aceptables.
Mr Trump, su responsabilidad como figura pública no es alimentar divisiones, sino promover un país más justo e incluyente. Gobernar o influir a base de sembrar miedo y rencor no engrandece a Estados Unidos; lo empobrece moralmente.
Hoy, más que nunca, es momento de recordar que la diversidad no es una amenaza, sino una riqueza que debemos proteger. El idioma es identidad, es historia, es familia. Nadie debería ser cuestionado por hablarlo.
Porque un país que persigue acentos no es un país libre. Y un líder que fomenta esa persecución no es digno de llamarse líder.

