El espectáculo de una mujer destruida

Jackie

El presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy ha sido asesinado a balazos en una gira en Dallas. La cabeza ensangrentada del mandatario cayó sobre el regazo de su esposa, Jaqueline Kennedy, sentada a su lado en la limosina descapotada.
Años antes del hecho, la ex periodista casada con el atractivo político, ya había sido asediada por los medios al unir su destino con un miembro del reputado clan y, luego, al asumir el cargo de Primera Dama de la nación.
Tras el homicidio, Jackie fue devorada por la jauría de los medios, que se encargaron de atosigarla durante las horas posteriores.
En Jackie, el director chileno Pablo Larraín sigue a la atribulada mujer en las horas posteriores al asesinato. Basado en el guión de Noah Oppenheim, se concentra en recrear lo que pudo haber sido el esfuerzo sobrehumano de la consorte por remediar todo al mismo tiempo: los arreglos del funeral, el consuelo a sus hijos, el trámite de la transición de poderes. Todo lo debe arreglar, buscando, al mismo tiempo, darse espacio para llorar a John.
Contado completamente desde el punto de vista de ella, el relato es una cruel exhibición de una mujer despedazada ante los ojos del mundo. Ya se sabe que, incluso, al asistir a la ceremonia en la que Johnson asumió como presidente sustituto, portó el mismo vestido manchado de sangre, para recordarse, a ella misma, el sufrimiento por el que tuvo que pasar, y para comunicarle al pueblo de Estados Unidos, lo que le hicieron a su marido las manos homicidas. Pero Larrain se metió a la intimidad de su dormitorio, del cuarto de baño, para seguirla en el duelo insólito que tuvo que padecer, crucificada públicamente por radio, prensa y TV.
La mujer es presentada en brutales contrastes. A través de retrospectivas, se le ve en un especial de televisión, como anfitriona de la Casa Blanca, mostrando sus habitaciones principales. Es una muñeca, que se comporta con elegancia y clase. Pero, luego, la muestra atrapada en el vórtice del magnicidio, digna hasta el final, pero con el espíritu congelado por el estupor.
Nadie la culpaba de nada, cierto, pero todos la exhibieron como un objeto que ayudó a aumentar el rating. De ser una graciosa dama, pasó a ser un producto de consumo. Fue, durante esos días, un animal en exhibición, que daba cuenta puntual, de cómo la clase más privilegiada de la nación, la familia del hombre más poderoso del mundo, también tenía que someterse al dolor de una pérdida. Entre plutócratas se derraman lágrimas, como se llora a los muertos en cualquier vecindario.
Larraín atosiga a Jackie con recurrentes close ups. La cámara la sigue a todos lados, en un insoportable acoso. No la deja llorar en paz. Igual que todo el pueblo estadounidense, que la había encumbrado como su princesa, la lente demanda de ella más y más. Es tan insistente la cámara que parece que, en un momento, la dama fastidiada va a encararla para abofetearla y exigirle que se retire, que la deje respirar.
Protegida, apenas, por su cuñado Bob, interpretado por Peter Sasgaard, ella está desorientada, con un gesto permanente de estupefacción. En cualquier momento va a gritar enloquecida, arrojándose por la ventana. Sin embargo, mantiene toda la dignidad de un carácter férreo, mientras se esfuerza por mantener su mundo cohesionado.
Cuando debiera estar encerrada, viviendo su luto, es obligada a ser parte de inútiles trámites administrativos, que le demandan la sociedad, los medios y el enorme aparato de gobierno para que la enorme rueda del país siga girando.
Natalie Portman hace un trabajo impresionante como la viuda. Sin embargo, su presencia en pantalla parece más una imitación de Jacqueline que una interpretación. Su parecido es real. Se exhibe un intento por repetir sus manías y sus gesticulaciones, para revivirla como fue con todos sus modos y sus gestos.
Al final, queda Jackie como una mujer sola y desdichada. El planeta la vio rodeada de lujos y glamour, pero nunca pudo superar la terrible pérdida. Larrain muestra el retrato triste de una figura pública, consumida y rumiada por la masa, siempre hambrienta de conocer las intimidades de las celebridades.
La crítica, obvia, es para los periodistas carroñeros, que se cebaron en esos días aciagos para la humanidad, con la pérdida inesperada de un líder y el llanto de su viuda, mientras corrían riachuelos de tinta, y se gastaban horas y horas en los medios electrónicos, para reseñar hasta el más minúsculo detalle de la desgracia que vivió la pareja más chic de su tiempo.