¿Rectores o monjes?

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Los días posteriores al domingo 12 de febrero pude leer algunos titulares o los primeros párrafos de editoriales de columnistas “nacionales”, refiriéndose al supuesto fracaso de las marchas o concentraciones convocadas por la agrupación Vibra México en defensa de México, y contra la postura antinmigrante de Donald Trump.
José Cárdenas, en El Universal, escribió que quienes fuimos no “éramos protestadores espontáneos, sino a modo de lo políticamente correcto. La movilización del domingo fue una marcha marchita…”.
En lo personal acudí al llamado para ir a la Explanada de los Héroes de Monterrey junto con mi esposa, mi hijo y mi suegra que estaba de visita en la capital de Nuevo León, porque nuestro país no se merece esa xenofobia del presidente de Estados Unidos; los cuatro respondimos a vestir de blanco y a protestar en paz.
A comienzos de año, el 5 de enero, muchos pandilleros se infiltraron en una manifestación contra el gasolinazo y contra Enrique Peña Nieto, causando destrozos a los históricos vitrales del Palacio de Gobierno.
Esta vez las agrupaciones sociales y las instituciones de educación superior que se sumaron al llamado debían garantizar que no hubiera actos de violencia y que, ahora sí, un acto masivo y cívico no se convirtiera en una demostración de vandalismo incontrolable.
No se José Cárdenas, Carlos Loret de Mola y otros más que escribieron en ese tono tuvieron la intención de ir a las marchas en sus respectivas ciudades donde viven, o prefirieron irse ese fin de semana de shopping a Estados Unidos, aún cuando el presidente gringo Trump ha escupido literalmente sobre la bandera mexicana.
Hay que reconocer a los rectores de la UNAM y a sus homólogos de la UERRE, UdeM, del Tecnológico de Monterrey y de la UANL, Rogelio Garza Rivera, quienes tuvieron el valor, pero sobre todo la responsabilidad como mexicanos, de acudir aunque serían blanco de críticas en columnas o en las redes sociales, como pasó.
Cuando me enteré que el rector de la UNAM, Enrique Graue, asistiría a la marcha en la capital del país, se me hizo una decisión acertada. Porque no siempre un personaje de ese nivel sale de terrenos universitarios para mostrar su inconformidad en defensa de la Patria.
Que si fue a la marcha contra Trump, pero se hizo ojo de hormiga en las manifestaciones contra el gasolinazo, son dos asuntos diferentes. Que si habla o enmudece; que si va o se ausenta; que si es blanco o negro; que si sube o baja; que si Acapulco o Cancún; que si Tigres o Rayados… nunca se le dará gusto a todas las voces.
Graue y Garza Rivera acudieron, eso hay que reconocer. Que los dos rectores de las principales universidades públicas de México hayan salido de sus parcelas universitarias para vestir de blanco, cantar el Himno Nacional y ondear en sus manos la bandera tricolor, eso no pasa todos los días.
¿O a poco tuvieron miedo de que los gringos les tomaran fotos y les quitaran las visas al primer intento de cruzar por un puente fronterizo como Cárdenas y Loret de Mola, quizá?
Juntos, Graue y Garza Rivera representan a más de medio millón de estudiantes, son líderes de nuevas generaciones de mexicanos y tienen la libertad de asistir a donde se les pegue la gana.
Porque, insisto, que esos personajes de la educación superior de México son vistos con regularidad en informes de presidentes, gobernadores o alcaldes; en asamblea de la asociación que agrupa a universidades públicas, y en eventos deportivos como la Universiada, pero muy pocas veces, insisto, fuera de su ámbito.
“Marchar contra Trump era marchar a favor de Peña Nieto? La duda quedó sembrada y se desataron los desmarques. El resultado, un fracaso”, escribió el periodista y uno de los estelares de Televisa, Carlos Loret de Mola.
Le respondo volviendo a la decisión personal y familiar de acudir a la Explanada de los Héroes de Monterrey: en mi cabeza nunca estuvo la idea de ir para apoyar a Peña Nieto, al contrario, de haber intuido mejor nos vamos al cine.
Me hubiera convencido mejor una convocatoria para ir a protestar pacíficamente, vestido de negro por luto, ante las alzas en los combustibles y el recrudecimiento de la inseguridad en el país. Y si le agregamos contra Trump, con mayor razón.
La experiencia de ese domingo 12 de febrero la volvería a repetir, hasta de ser un eslabón en una cadena humana frente a un puente internacional sin temor a ser fichado por el señor Trump o perder la visa. Y espero que a alguien se le ocurra para cargar con la familia sin miedos.
Si algo me extrañó, quiero admitirlo, fue la escasa respuesta de ese casi medio millón de estudiantes de la UNAM y la UANL, sabiendo por cualquier vía de comunicación que los rectores estaban confirmando su presencia.
Pero sus ausencias tienen un lado bueno porque, al viejo estilo, ningún maestro los obligó a ir; nadie les ofreció puntos en sus calificaciones finales por arengar a favor de México. Prueba de que los tiempos han cambiado en las universidades públicas.
Los que fuimos lo hicimos por gusto, con un sentido patriótico; cero agachones, temerosos o indiferentes. Los Jiménez y Almaraz sumamos, no restamos. No nos quedamos en casa para protegernos de ese sol que quemaba. Y lo volveríamos a hacer apenas se vuelva a convocar.
¿Y Cárdenas y Loret de Mola dónde estaban ese domingo: en San Diego, en Houston o en Miami de compras?
Creo que ante el desprestigio y la falta de credibilidad de los políticos y de los gobernantes en general, con o sin partido rumbo a las elecciones presidenciales de 2018, los rectores tienen la oportunidad de enarbolar causas ciudadanas, brincarse los muros universitarios y tomar la ausencia de liderazgo y confianza.
No son monjes, que al terminar sus rectorías deben irse a sus claustros. Son, ante todo, mexicanos libres.
¡Y México los necesita más que nunca!