Pero ¿por qué se sorprenden?

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En el Museo del Noreste acaba de concluir una gran exposición denominada “La Batalla de Monterrey. La Invasión Norteamericana” donde se cuentan detalles de la guerra entre México y Estados Unidos, misma que generó que nuestro país perdiera más de la mitad de su territorio hace más de siglo y medio.
En la muestra se expuso una réplica de una pintura denominada “El Progreso Estadounidense”, adjudicada a un tal John Gast quien pretende representar pictóricamente la filosofía del “Destino Manifiesto”.
Palabras más, palabras menos (gracias, Wikipedia), esta filosofía expresa “la creencia en que Estados Unidos de América es una nación destinada a expandirse desde las costas del Atlántico hasta el Pacífico. Los partidarios de esta ideología creen que la expansión no solo es buena, sino también obvia (manifiesta) y certera (destino). Esta ideología podría resumirse en la frase: ‘América para los americanos’”.
Vale la pena observar los detalles del lienzo donde se ve -desde el cielo-, a una rubia mujer angelical guiando a los colonizadores (todos hombres, todos blancos, por cierto) y sus máquinas, quienes llegaron del mar para iniciar un implacable paso por las tierras del nuevo continente.
Lo curioso es que mientras avanzan con su paso triunfante, van arrasando con la flora, fauna y -ojo-, poblaciones y familias enteras de nativos, que en esta pintura son mostrados como hombres mujeres y niños quienes huyen despavoridos del “paso del progreso”.
La primera vez que vi de cerca esta pintura me quedé atónito con el nivel de cinismo de los gringos. Hoy, que despierto con la noticia que Donald Trump será el próximo presidente de los Estados Unidos, debo decir que no me sorprende.
Después de todo ¿en verdad alguien creyó esa patraña de que nuestros vecinos del norte nos ven como socios, como iguales? ¿En serio tenemos la memoria tan corta que la historia no nos ha enseñado absolutamente nada?
Quienes llegaron de Europa a América para formar las 13 colonias de Estados Unidos no eran precisamente la crema y nata de la sociedad del Viejo Continente. Llegaron con sus creencias de que la esclavitud es válida y que es “su destino” apropiarse de todo y de todos simple y sencillamente son superiores.
Esa filosofía que les ayudó a quedarse con la mitad de lo que era México, además de miles de hectáreas de territorios nativos, ha sobrevivido a lo largo de los siglos y se ha enquistado en el mismo DNA de esta nación.
Es cierto, millones de personas procedentes de Africa, Asia y lo que hoy es Latinoamérica llegaron (o los trajeron) a esta nación y la han fortalecido con sus tradiciones, idioma e idiosincracia.
Sin embargo, podemos ver con tristeza que la mayoría de los que emigraron a Estados Unidos lo primero que hicieron fue olvidarse de su cultura y hasta su idioma y -lo que es peor-, comenzaron a sentirse superiores a sus compatriotas que se quedaron en casa. Es como si de pronto quedaron contagiados del “Destino Manifiesto”.
He vivido la mayor parte de mi vida en la frontera y soy testigo de lo real que es la creencia popular de que los “pochos” (como se les conoce despectivamente a los mexicanos o descendientes de mexicanos residentes en la unión americana), son los que manifiestan el peor desprecio al país de sus raíces.
Años de vivir y trabajar en la frontera me mostraron que más allá de los discursos felices y los “amigous mecsicanos”, la verdad es que en el fondo, los “güeros”, “los gringos”, o como quieran llamarlos, nos ven como inferiores.
Y que nadie se engañe, todos lo hemos sentido. ¿O de qué otra forma podríamos explicar ese sentimiento de miedo o incertidumbre que nos embarga siempre que nos detiene un policía en la Unión Americana, cuando vamos a pasar el puente, cuando acudimos a pedir un simple permiso para viajar al interior de este país?
Nos da miedo porque podemos ver en los ojos del agente (que es la representación física del gobierno norteamericano), este sutil desprecio generado por nuestra nacionalidad y color de piel.
Si lo anterior no fuera suficiente y hay quienes creen que estoy exagerando, les ofrezco de ejemplo los arraigados estereotipos que existen en la cultura popular norteamericana, donde el blanco anglosajón es el rico, el patrón, mientras el (o la) mexicana es la voluntariosa servidumbre, que siempre estará sonriendo y luchando por salir adelante (muchas veces sin conseguirlo).
Eso en el mejor de los casos, pues también tenemos al mexicano narcotraficante, el “cholo”, el pandillero, el violador.
Así es como realmente nos ven los estadounidenses, que no lo queramos aceptar es otra cosa.
Por eso en lo personal no me sorprende nada que Donald Trump haya ganado las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Supo darle voz y voto a un sentimiento que está tatuado en el DNA de este país.
Por más que el mundo llore, la realidad es que los nacionalismos exacerbados, el echarle la culpa al otro de nuestros problemas y el miedo a todos los que son diferentes, marca el paso en la marcha de la nueva humanidad.
En este amanecer del nuevo siglo, vivimos un amargo despertar al darnos cuenta que, es cierto, la tecnología nos ha unido, pero estamos más separados y distantes que nunca.
El ser humano es una criatura muy extraña, no me queda duda.
Por eso, lo que me sorprende es que allá afuera haya quienes se sorprendan que haya ganado Donald Trump.